De esta articulación armónica, se deriva el concepto universal de SOCIEDAD DEL CONOCIMIENTO, que en la práctica, es “la que produce, maneja, distribuye y transfiere información científica y tecnológica, modificando conceptos culturales, económicos, políticos y sociales”. Esto en palabras de José Jaramillo Alzate (2000), representa la visión presente y futura de la relevante influencia que la tecnología y su dinámica de renovación, imprime a la sociedad mundial. Este postulado de Jaramillo Alzate, encuentra de igual forma complementación en la exposición de Elia Mella Garay cuando al referirse a este tópico en su obra: La Educación en la Sociedad del Conocimiento y del Riesgo (2003), señala que “La sociedad del conocimiento es la estructura resultante de los efectos y consecuencias de los procesos de mundialización y globalización. Esta estructura dinámica surge de la creación de un sistema de comunicación diverso que se construye desde la tecnología.” Aseveración ésta, que sintetiza el valor y la función del conocimiento para el avance progresivo del mundo y sus interrelaciones”. Abordar las definiciones de conocer y conocimiento en la contemporaneidad, conduce a asumirlos desde una amplitud significativa y a la vez confluyente, en la cual se integran las distintas disciplinas cognitivas con la realidad cotidiana del hombre en proyección hacia un futuro dominado por las ciencias y las tecnologías como elementos que unificarán el devenir histórico y la calidad de vida, haciendo del ser social, un individuo activo, constructor de redes de conocimiento con sentido práctico y funcional en cuanto al desarrollo de habilidades y destrezas. Este hecho por tanto, obliga a los actores de la sociedad actual, en todos sus ámbitos, a evolucionar acorde con los signos de los tiempos. En efecto, José Jaramillo Alzate (2000), aporta a esta idea la siguiente afirmación: “Quien permanezca al margen de estas innovaciones tendrá que aprender de nuevo lo que sabía y adiestrarse en la aplicación de lo que sabe, porque hoy ya lo importante no es solo saber sino saber hacer".
El conocimiento entonces, como entidad de carácter formativo, cultural y social, valida su papel en la medida en que el desarrollo y el avance de la civilización, está supeditado a su evolución progresiva y aportante. Así, el conocimiento por su carácter social nace, crece y se desarrolla en los procesos de interacción e interactuación humanas al tornarse cooperativo, compartido y en especial conectado a la multiplicidad de áreas del saber y de las ciencias. Según Toffler, “El conocimiento es infinitamente ampliable. Su uso no lo desgasta sino que, al contrario, puede producir aun más conocimiento. La producción de conocimientos requiere, además, un ambiente de creatividad y de libertad opuesto a toda tentativa autoritaria o burocrática de control del poder”.
La fusión de los términos Sociedad y Conocimiento, para referirse a las producciones del hombre en relación directa y mediática con la tecnología, la información y la comunicación, se da en la labor pedagógica que se desarrolla en las instituciones educativas, desde las de nivel preescolar, hasta las de carácter superior. Aquí es de singular importancia la función y la misión del educador como orientador y organizador sistemático del conocimiento como actividad intelectual. Más aún en el mundo de hoy, en el que los avances tecnológicos han hecho irrupción e influenciado de manera significativa en el quehacer formativo; permeando en todas las disciplinas e instancias académicas. En este sentido, se hace necesario considerar el análisis que Ávalos (2003), en su ponencia "El desarrollo profesional de los docentes", hace al respecto y expresa: "Los educadores además de lograr los aprendizajes esperados de la escuela, deben manejar propuestas curriculares hasta cierto punto ambiguas y con esquemas conceptuales muy diferentes a los anteriores, y estimular el desarrollo de habilidades cognitivas de muy distinto orden a lo que estaban acostumbrados. Frente a esta realidad, la educación debe asumir entonces, la misión de cultivar y potenciar en los sujetos, nuevas competencias”.
En esta línea de responsabilidad otorgada a los maestros en el ejercicio de su tarea formadora, a las instituciones como tal, también le es legado el trabajo de organizar y canalizar los procesos de aprehensión o de aprendizaje como garantía para el dominio y empleo efectivo del conocimiento. Según Pierre Astolfi, el aprender comprende tres etapas: información, conocimiento y saber, por las que debe transitar aquel que alcance el aprendizaje profundo. Adiciona el citado autor que: “Las instituciones educacionales tienen así la tarea de organizar sus procesos de enseñanza y aprendizaje ínter y extra aula, considerando estas etapas didácticas. En el fondo de ellas, está el desarrollo de las habilidades intelectuales de los alumnos y alumnas, organizado de manera planificada y consciente para alcanzar en ellos un nivel de reflexión que les permita la autonomía intelectual necesaria para crear y creer en los fundamentos que se constituyan en la base de los continuamente renovados espacios de intervención social”.
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